La alegría de compartir esquejes (N° 3 de El alma del Jardinero)

Hay algo profundamente generoso en la jardinería: una rama cortada puede convertirse en un regalo y una amistad puede empezar con un esqueje.

Compartir esquejes es una forma de conversar sin palabras. Es decir: “esto crece bien en mi casa, ojalá en la tuya también”. Es extender una confianza vegetal. Cortar con cuidado, envolver en papel húmedo, entregar con instrucciones dichas en voz baja: “dale luz, pero no sol directo”, “no la riegues de más”, “tarda, pero agarra”.

Quien regala esquejes no se queda con menos. Al contrario: se multiplica. El jardín se vuelve puente, eco, continuidad. La planta que un día nos regalaron, y que ahora se expande en un patio vecino o en la ventana de una amiga, nos hace sentir parte de una red sutil, verde y silenciosa.

Hay casas donde uno entra y reconoce una planta propia, ya crecida. O al revés: un maceta regala hojas familiares, aunque nunca haya estado en nuestra tierra. Son las plantas migrantes del afecto, hijas del corte y del cuidado. Los esquejes que se dan de mano en mano fundan una geografía alternativa: la del cariño que enraíza.

Y está también la alegría del reencuentro: cuando alguien nos muestra, con orgullo, aquella hoja que tomamos juntos de una vereda, o aquella rama que viajaba envuelta entre libros. Crecer, en ese caso, es también recordar.

En un mundo cada vez más fragmentado, el jardín nos ofrece una forma antigua y sencilla de compartir: una rama, un brote, un deseo de que algo florezca también en el otro. 

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