El rumor de la savia lenta - (N° 10 de El alma del Jardinero)
En
los rincones del jardín hay árboles que ya no llaman la atención.
Sus flores fueron celebradas en otras estaciones, sus frutos colmaron
mesas pasadas.
Hoy parecen quedarse en silencio, mientras las miradas se vuelcan hacia lo
joven y lo brillante.
Y, sin embargo, bajo su corteza resquebrajada late todavía un pulso secreto. Sus ramas, aunque cansadas, siguen ofreciendo sombra, y en su madera madura se guardan memorias de lluvias, pájaros y vientos que ya olvidamos.
Hay jardines que saben detenerse ante esos árboles, apoyarse en su tronco rugoso, escuchar el rumor de su savia lenta.
Otros, en cambio, los dejan solos, como si el tiempo los hubiera vuelto invisibles.
Quizás la tarea sea aprender a mirarlos otra vez: rozar con respeto su aspereza, agradecer la quietud que regalan, dejar que nos cuenten lo que sólo se aprende con los años. Porque el día llegará en que también nuestras ramas busquen compañía, y será entonces la ternura de otra mirada la que nos devuelva a la vida.
En los rincones del jardín hay árboles que ya no llaman la atención. Sus flores fueron celebradas en otras estaciones, sus frutos colmaron mesas pasadas.
Hoy parecen quedarse en silencio, mientras las miradas se vuelcan hacia lo joven y lo brillante.
Y, sin embargo, bajo su corteza resquebrajada late todavía un pulso secreto. Sus ramas, aunque cansadas, siguen ofreciendo sombra, y en su madera madura se guardan memorias de lluvias, pájaros y vientos que ya olvidamos.
Hay jardines que saben detenerse ante esos árboles, apoyarse en su tronco rugoso, escuchar el rumor de su savia lenta.
Otros, en cambio, los dejan solos, como si el tiempo los hubiera vuelto invisibles. Quizás la tarea sea aprender a mirarlos otra vez: rozar con respeto su aspereza, agradecer la quietud que regalan, dejar que nos cuenten lo que sólo se aprende con los años. Porque el día llegará en que también nuestras ramas busquen compañía, y será entonces la ternura de otra mirada la que nos devuelva a la vida.
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