Los errores que florecen - (N° 8 de El alma del Jardinero)
En el jardín, el error no
siempre se castiga.
A veces se disimula, otras
se transforma.
Incluso, en raras
ocasiones, florece.
Quien cultiva la tierra lo sabe: se planta demasiado cerca, se poda a destiempo, se olvida un riego,
se confunde el sol con la sombra.
Se insiste con una planta que no prospera, se abandona otra que quizás necesitaba menos atenciones.
Hay decisiones apresuradas, distracciones, impulsos.
Pero el jardín no es un
tribunal: no juzga, no reprocha.
Apenas insinúa. Corrige en
su lenguaje vegetal, silencioso y amable.
Con el tiempo, uno
descubre que algunas de esas equivocaciones producen belleza.
Un jazmín trepando por
donde no debía se vuelve un gesto poético.
Una planta reseca que
reverdece contra todo pronóstico se convierte en símbolo.
Un sendero mal calculado
se cubre de flores espontáneas y vuelve a ser camino.
Lo que parecía fallo se
vuelve hallazgo.
En la vida, como en el
jardín, no todo lo que se desvía está perdido.
Hay errores que enseñan
más que los aciertos.
Hay fallas que abren nuevas formas de mirar, de cuidar, de entender el ritmo del mundo vegetal y el propio.
Por eso, el jardinero
aprende a no desesperarse.
A dejar margen para la sorpresa. A escuchar con humildad. A hacer espacio para que lo inesperado florezca.
Porque a veces, sin
saberlo, sembramos sin intención algo que crece igual.
Y en ese brote —imprevisto, obstinado, imperfecto— hay una lección más profunda que la de cualquier manual: la de dejar que la vida nos revele su forma, incluso cuando no coincide con la nuestra.
Comentarios
Publicar un comentario